«Ver en lo oscuro»
No hay figura.
No hay forma.
Sólo un campo abierto donde la mirada, exhausta de sentido, se rinde.
Antonio Llanas no pinta lo visible, sino lo que arde detrás de los párpados cerrados.
No representa el mundo: lo atraviesa, lo quema, lo disuelve.
No muestra: revela.
En su pintura no hay escena, sino espesor.
No hay símbolo, sino materia en combate.
Lo que acontece no es imagen, sino intervalo.
Una pausa densa donde el ojo se desorienta y, por eso, comienza a ver.
Ver en lo oscuro no es ver menos.
Es ver sin amparo.
Como el alma que, a la manera de los místicos, se encuentra más cerca de lo absoluto cuando ya no encuentra nada.
Noche oscura no como ausencia,
sino como territorio donde la luz no explica,
sino que hiere.
La superficie no ofrece.
La superficie resiste.
Y en esa resistencia se abre el misterio:
no el secreto romántico,
sino la grieta donde la visión cae y reaparece transformada.
El color no describe: golpea.
El gesto no define: desgarra.
Lo abstracto aquí no es forma perdida,
sino forma aún por nacer.
Cada cuadro es un acto sin sujeto.
Un ritmo sin origen.
Un temblor.
No hay relato.
Hay intensidad.
Hay una voluntad de mundo que no pasa por el lenguaje,
sino por el temblor mudo del pigmento.
En tiempos de simulacro, donde todo busca nombrarse,
Llanas se adentra en lo no dicho.
Como quien entra en la cueva.
Como quien entra en su castillo interior,
no para hallar respuestas,
sino para arder en la pregunta.
Ver en lo oscuro
es, quizás, el único modo de ver.
Carmen Rubio Soler
ANTONIO LLANAS
En esta pieza el lenguaje visual alcanza una dimensión rítmica que va más allá de lo pictórico para instalarse en el umbral de lo sonoro. Con una economía de recursos deliberada y una sintaxis compositiva que se acerca al minimalismo, la propuesta parece centrarse en un tipo de meditación que alude al tiempo, la resonancia y el silencio, conceptos cardinales en la música y recursos habituales en las artes visuales.

Antonio Llanas. Poca cosa – III. De la serie: Posibilidades del vacío. Técnica mixta sobre tabla. 72 x 67 cm / 2024
El espacio blanco no funciona aquí como vacío, sino como pausa, un silencio cargado de tensión, comparable al rest de las notaciones musicales. Se trata de un campo de contención amplio, del que surgen intervenciones plásticas como si fuesen acentos tímbricos. Las líneas rojas verticales, finas y firmes, funcionan como compases de un instrumento, cuerdas tensas sobre las cuales los demás elementos gravitan. Dos manchas circulares en la parte superior derecha actúan como armónicos suspendidos, balanceando la composición, equilibrando el peso de las manchas verdes y oscuras que aparecen en la parte inferior izquierda.
Aquí el gesto, a diferencia de aquel otro tan común que heredamos del action painting, se presenta contenido, más cercano a una coreografía que a una explosión expresionista. Se trata de una gestualidad musicalizada, elegante, en la que el azar coexiste con el cálculo, tal como ocurriría en una partitura contemporánea, abierta y no lineal. La pintura de Llanas no solamente dialoga con la música, es en sí misma una forma de música, un pentagrama lleno de resonancias.
Ángel Alonso

Antonio Llanas: el espesor de lo que no se nombra
La pintura de Antonio Llanas no se deja atrapar por el ojo ni por la palabra. No representa, no evoca, no decora. Se afirma en su autonomía, en su materialidad irreductible, como superficie que no simula nada, pero que es todo: color, tensión, vibración. Su pintura no nos remite a otra cosa; es ella misma el acontecimiento.
El plano pictórico no es, en su caso, un soporte pasivo, sino un campo de fuerzas. Cada obra funciona como un sistema inestable donde las formas no se estabilizan, sino que se fugan, se desplazan, se contaminan. No hay centro. No hay forma final. Hay flujos. Hay devenir.
Aquí no se trata de lo visible sino de su pliegue. Lo que Antonio despliega es un espesor visual que resiste la transparencia del mundo contemporáneo. La obra se sostiene en su opacidad, en su negativa a volverse signo, mercancía, discurso. No hay códigos. Hay materia en fricción. Hay tiempo en estado crudo.
El gesto pictórico no busca sentido. Lo que produce es intensidad. Llanas no construye composiciones en el sentido tradicional; construye zonas de afectación. Y en ese proceso, el espectador ya no observa: entra, queda implicado, afectado. La experiencia es más física que intelectual, más vibración que mensaje. La mirada ya no es suficiente: hace falta el cuerpo entero para estar ahí.
Frente a un mundo visualmente saturado y conceptualmente anestesiado, la pintura de Antonio Llanas emerge como una forma de resistencia. Resistencia al espectáculo, a la literalidad, a la urgencia de “comprender”. En su práctica, pintar es insistir en lo específico del medio, pero también en su capacidad de abrir fisuras. Fisuras en la percepción, en el lenguaje, en la memoria.
No hay representación. No hay nostalgia. Hay una voluntad rigurosa de sostener la pintura en su propio umbral: el de lo que todavía no tiene nombre, pero existe.
Sutileza e intemporalidad en la obra de Antonio Llanas
Por: Ángel Alonso
«¿Y si el mundo entero y las cosas no fueran más que signos imperfectos de interpretantes externos, del mundo de las ideas?»
Umberto Eco
La pintura se hace infinita cuando se libra de las narraciones y de las ideologías, su condición universal solo es posible a través la la abstracción, ese campo de libertad que renuncia a contaminarse con lo local, con lo pedestre… y que -en la medida de lo posible- logra alcanzar la anhelada pureza espiritual que persigue la verdadera creación artística.
Ya sé que nos han hecho creer otra cosa, lo mismo se ha intentado cargar al arte de ideas políticas que se ha banalizado como decoración. Se ha pretendido utilizar como «medio de comunicación», como «instrumento transformador de la sociedad», pero esto nunca ha ido mucho más allá de la intención; por otro lado, y con un objetivo mercantil, le han tratado de reducir a objeto ornamental, carente de espiritualidad y emociones.
El artista español Antonio Llanas está tan lejos del vacío de la decoración como de la hipocresía contenidista, porque busca dentro de sí mismo y se desentiende de los atributos postizos, de los caminos trillados; trasciende cualquier etiqueta e investiga en la pintura desde la honestidad, desde la transparencia, para entregarnos un universo propio, pleno de sutilezas formales que encarnan ese otro contenido no traducible al verbo, en el que el significante es autosuficiente y no necesita completarse ni convertirse en significado.
Desde los títulos ya se pueden notar las ideas que encarnan sus lienzos, es frecuente la presencia de elementos naturales en ellos (La brisa, Dinámica de fluidos, Fluvial…) o las actitudes de su observación (Atisbar, Vislumbrar…). Se puede ver en estas obras de aspecto húmedo, una condición cuántica en la que nosotros los espectadores participamos como constructores de las mismas a partir de una observación activa. El autor, en medio de su muy interna práctica pictórica, parece redistribuir positivamente la energía de los pigmentos. Sabe crear, a través de la tensión espacial de sus sutiles líneas, una cosmogonía bien estructurada, en la que cada elemento parece ubicado en un espacio exacto e insustituible. Sabemos que no se trata de un proceso matemático, pero su resultado sí tiene mucho de numérico, por la equilibrada proporción entre las formas y por la importancia de las líneas, que mantienen -dentro de su libertad expresiva- el recuerdo lejano de su origen geométrico.
Prima en su trabajo actual la atención a la delicadeza de las transparencias, a las tramas, a los colores difusos, a los sutiles claroscuros. Se aleja de las estridencias y de los altos contrastes: es como si nos hablase en voz baja, al oído, susurrando… porque le ahuyentan los gritos y prefiere el movimiento tranquilo del agua en el arroyo a los golpes de las olas del mar contra las rocas. Si antes, cuando estaba más cerca del op art, realizó obras más contrastadas, las actuales propuestas transitan el camino contrario, el de los matices agrisados y las líneas finas y quebradas, en las que el gesto se recrea olvidando la perfección geométrica, acercándose al verdadero espíritu humano, imperfecto e inseguro como un trazo infantil, cuya belleza se asemeja al que plasma un diestro con la mano izquierda.

«El Mundo Interior Revelado:
La Obra de Antonio Llanas»
La obra de Antonio Llanas es un testimonio artístico excepcional que desafía las nociones convencionales de la pintura, llevándonos a un viaje de descubrimiento visual que se asemeja a una travesía psicológica. A través de su obra, Llanas nos invita a explorar los abismos de la psique humana, donde los límites entre lo consciente y lo subconsciente se desvanecen en una danza de colores y formas.
Uno de los aspectos más destacados de la obra de Llanas es su dominio de la paleta de colores. Los tonos azules profundos y misteriosos se entrelazan de manera sorprendente con cálidos ocres y amarillos, creando un efecto hipnótico que evoca la sensación de sumergirse en las profundidades del océano. Sin embargo, es un océano interior el que nos aguarda, un viaje hacia lo más profundo de la psique humana.
Su técnica es muy personal, y se hace evidente en cada mancha. Sus trazos son gestuales y fluidos en algunas áreas, mientras que en otras son detallados y precisos. Esta combinación de trazos aporta una riqueza textural que añade profundidad a la obra. El espectador se siente inmerso en un mundo en constante evolución, donde las formas y los colores se funden y se reorganizan, creando una sensación de movimiento y cambio perpetuo.
La dualidad entre lo figurativo y lo abstracto en su obra es particularmente intrigante. Las formas pueden recordarnos a veces a criaturas marinas fantásticas y, en otros momentos, a paisajes subacuáticos abstractos. Esta ambigüedad nos desafía a encontrar significado en medio de la aparente caótica incoherencia, y nos sumerge en un estado contemplativo.
La obra de Antonio Llanas trasciende la mera estética para convertirse en una representación visual de los recovecos de la mente humana. Es una exploración de los misterios del subconsciente, una invitación a descubrir y reflexionar sobre los rincones inexplorados de nuestra psique. Con su enfoque innovador y su capacidad para comunicar lo inexpresable, Llanas se establece como un artista que nos desafía a explorar nuestro propio mundo interior.
Este artista logra lo que pocos: llevar al espectador a un viaje introspectivo, donde la imaginación se fusiona con la experiencia visual, y donde las profundidades del subconsciente se vuelven accesibles y significativas. Esta obra es un testimonio de la capacidad del arte para trascender las barreras de la comunicación y conectar con la esencia más profunda de la humanidad.
En su última serie, el autor nos sumerge en un mundo donde la dinámica de los fluidos se convierte en un lienzo en constante cambio. Sus obras capturan la fluidez de la vida, la forma en que los elementos líquidos se transforman y fluyen en un baile eterno. Cada trazo y cada color reflejan el movimiento constante de las aguas, recordándonos la profunda conexión entre la vida y el flujo perpetuo de la naturaleza.
La luz, en las profundidades abisales que Llanas explora, adquiere una cualidad mística y enigmática. Sus pinturas revelan una paleta de colores que evoca la luminiscencia de las criaturas marinas y la belleza de lo desconocido en las profundidades del océano. La luz se convierte en un símbolo de la vida en su estado más prístino, un recordatorio de la importancia de preservar y admirar la belleza de nuestro planeta en su forma más pura.
En la obra encontramos una invitación a contemplar la naturaleza desde una perspectiva renovada, a apreciar la maravilla de los elementos básicos que dan vida a nuestro mundo. Sus creaciones nos animan a conectar con la esencia de la vida, a través de la exploración de las diversas manifestaciones de la luz y la dinámica de los fluidos en su estado más primordial.
En resumen, la obra de Antonio Llanas nos sumerge en un mundo de movimiento fluido y luz primitiva, donde la naturaleza se presenta en su forma más elemental y hermosa. Su enfoque en los elementos líquidos y las profundidades abisales nos invita a contemplar la vida en su estado primigenio, un recordatorio de la importancia de preservar y valorar la belleza de nuestro planeta en su estado más puro.
Javier Sevilla y Hurtado de Mendoza

Con rotundidad cimentada sobre velos frágiles, la obra de Antonio Llanas llama desde el principio a la contradicción. Lo tangible, lo definido, lo matemático incluso (retículas que tratan de acotar la realidad a través de patrones concretos); lo corpóreo, en fin, se sustenta realmente sobre el ánima, que descubrimos en un segundo plano que se revela sutil, ligero, impreciso. Y, sin embargo, en virtud de esa contradicción que embarga la obra de Llanas, es ese plano difuso el que nos parece esencial e imprescindible.
Vanitas vanitatis, o tempus fugit, son elementos recurrentes en la trayectoria de Antonio. Cada obra suya es un espejo que nos enfrenta a nuestra propia imagen y nos devuelve un retrato lúcido de nuestra naturaleza, de nuestra condición humana, donde lo aparente no es lo importante, donde lo primordial está siempre detrás y es mucho más tenue y mucho menos evidente. Ese mensaje lleva implícito el de la fugacidad del tiempo, que se ceba de modo inexorable sobre todo lo sólido, lo material, lo visible.
Llanas es capaz, inexplicablemente, de conciliar esas contradicciones y ensamblarlas de una manera hermosa que desde el primer instante atrapa al espectador por la belleza plástica de cada cuadro. Y cada imagen es un interrogante, una sugerencia que espera respuesta sabiendo que no hay una única reacción; que una vez que el artista da a luz a una de sus obras ésta ya no le pertenece. Merece la pena acercarse a esta colección y descubrir nuestra propia lectura que será distinta de acuerdo con la perspectiva, la trayectoria, la historia de cada individuo. Mirarnos al espejo de los cuadros de Antonio Llanas es, siempre, aprender algo más sobre nosotros mismos.
Luisa María García Velasco, 2017

With rotundity cemented upon fragile veils, Antonio Llanas ́artwork appeals to contradiction from the very beginning. The tangible, the definite, the mathematical (grids which try to enclose reality through specific patterns); the corporeal, in sum, is sustained upon the anima, which we discover on a background that reveals itself as subtle, light, vague. And, however, because of the contradiction which embodies Llanas ́s work, it is that diffuse background indeed what we sense as essential and indispensable. Vanitas vanitatis, or tempus fugit, are recurring elements on Antonio ́s career. Each of his works is a mirror which confronts us with our own image and brings us back a lucid portrait of our nature, of our human condition, where the apparent is not the important, where the essential is always behind, much fainter and far less evident. Implicit in that message is that of how ephemeral time is, inexorably preying on all the sturdy, the material, the visible. Llanas has the inexplicable ability to reconcile those contradictions and assemble them in a beautiful way which from the first moment grabs the observer by means of the plastic beauty of each picture. Each image is a question, a suggestion waiting for an answer though we know that there is not just one response; that once the artist gives birth to his works they do not belong to him any more. It is worth visiting this exhibition and discovering our own interpretation, which will be different according to each one ́s perspective, path and history. Looking in the mirror of Antonio Llanas ́s pictures always means learning something new about ourselves.
Luisa María García Velasco, 2017

Si estáis en Almería no os perdáis la exposición de Antonio Llanas“Otras cartografías”, hasta el 6 de septiembre. Entre las sugestiones de su abstracción, cabe la de una mirada a ese territorio entorno, nuestro Sudeste, mitad desnuda y seca orografía a la par que cristalina y geométrica transformación del paisaje, producto de la nueva agricultura industrial de los invernaderos. Artificial diagramación de aquello agreste en esencia y que permanece, desmintiendo así Llanas que la abstracción sea ni mucho menos un escape de la realidad, si no, al contrario, la posibilidad de penetrar en sus entresijos, como sería aquí la dialéctica entre el tiempo histórico, humano, y aquel otro de la naturaleza primigenia y acaso perenne. Una carga conceptual que añade a su abstracción, aun alejada de los aparentes rigores de los neoconceptualismos al uso, sus muchas veces vacuo esteticismo, pues Llanas pone pie a tierra y mira con saña a una realidad que no le es indiferente, con cenitales perspectivas de aeropintura futurista, a la vez con el candor utópico y transformador de los envoltorios de su admirado Christo.
Antonio Leyva Sanjuán

TRAMAS DE LUZ
Por Luisa López Hita
La obra de Antonio Llanas revela que es la paradoja una de las claves formales y conceptuales que la presiden. La constante que emana de estos cuadros es la aproximación de elementos dispares (colores de distintas tonalidades, formas precisas de contornos difusos, composiciones geométricas de factura manual…) hasta convertirse en un todo indivisible.
El autor continúa con coherencia la línea que vimos en exposiciones anteriores y, fiel a si mismo, se adentra en la investigación de la rotundidad soportada sobre lo sutil y en la búsqueda de la esencialidad a través de elementos minimalistas. Sus cuadros se convierten en metáforas del ser y de la vida en tanto que manifiestan la relación, aparentemente contradictoria, entre lo corpóreo y lo anímico. Los formatos reflejan, como si de espejos se tratara, la multiplicidad del ser.
Sobre fondos de un sereno cromatismo, emergen categóricamente arquitecturas cuyas bases, de apariencia frágil por su transparencia o brillantez, conforman una imagen global, estable, que trasciende la evanescencia de sus constituyentes .Los elementos que soportan estas construcciones son rayas de barniz (superpuestas hasta formar series geométricas, vítreas, diáfanas) y polvo reflectante (que esparce su luminosidad en columnas aparentemente irresistentes); ambos, a pesar de connotar debilidad, flaqueza o desfallecimiento, se tornan en el conjunto estructura compacta, consistente. Es la luz, reflejada en ellos, la que redescubre unas formas que adquieren caracteres virtuales en tanto que proyectan una realidad que se desvanece, vibra, se ondula o se alabea según la perspectiva desde la que se contempla.
En otra línea de trabajo, encontramos como base conceptual la idea de raigambre medieval de la Emanación, que da título a una serie de obras. Esta idea, desarrollada en entramados dorados, apunta la posibilidad de vivir una manifestación espiritual en la contemplación y se materializa en una factura basada en las pautas binarias que genera la tecnología última. Este sincretismo conceptual y plástico, esta expresión de conceptos clásicos a través de formas abstractas, resultan nuevamente paradójicos.
Pero quizás lo que más puede llamarnos la atención como espectadores es el protagonismo que se nos confiere cuando nos paramos a mirar. La alternancia entre lo estático y lo dinámico que plantean los materiales que utiliza el autor hace que, lejos de querer establecer un contacto unilateral con quien las mira, las obras inviten al diálogo. La luz y sus reflejos obligan a la mirada a ponerse en movimiento para redefinir la realidad que suavemente se insinúa; la mirada, obedeciendo al deseo de descubrir, encuentra al desplazarse nuevas formas y comprueba que nuestras sensaciones son reinterpretables, que la percepción puede ser ambigua y que a veces la realidad no es lo que parece. Los cuadros adquieren una dimensión absolutamente contemporánea pues son elementos cargados de vida capaces de interpelar demandando respuesta.
Ahora podemos participar en esta conversación, responder a lo que nos preguntan y entablar con estas obras un diálogo que seguramente pueda resultar tan verosímil como excitante.
Luisa López Hita, 2007

…UN REGALO
Por Enrique Demetrio
Antonio Llanas. “Tramas de Luz”.
Hasta el 30 de enero de 2008, en la galería AM, de Roquetas de Mar.
«Lo principal de la forma es saber si surgió de la necesidad interior o no». Kandinsky.
Un regalo espiritual para las fiestas de fin de año es la exposición “Tramas de luz”, de Antonio Llanas, una muestra que debió ser más difundida por los medios para su inauguración y en consecuencia, más visitada por el público. Aunque no haya toros, bien pudiera, amigo lector, llegarse hasta la plaza de toros de Roquetas y visitar en uno de sus costados la Galería de Arte AM, bien vale la pena por la calidad excepcional de las obras que expone este artista granadino pero también almeriense.
La abstracción es, sin duda, la aportación estética más novedosa del pasado siglo, bifurcada entre el lirismo y la geometría, esta polaridad nacida desde su propio comienzo en 1904 con el lituano Chiurlonis llega hasta nuestros días con diferentes nombres. Antonio es continuador del último minimal devenido en abstraccionismo neogeométrico, pero su obra posee un lenguaje muy personal y menos ortodoxo, sencillamente es deudor de una sólida tradición ajena a cualquier representación de la realidad y donde los niveles de iconicidad con ella han desaparecido para objetivar otra realidad más esencial.
Es la pulcritud y la economía de medios formales y técnicos, lo que caracteriza, en un primer acercamiento todo el universo bien pensado de Antonio, tal vez demasiado bien pensado. Reo de líneas, sean estas rectas o curvas (femenino-masculino; yin-yan) o preso de la apariencia de un terciopelo que al acercarse es cortante vidrio lleno de deseo táctil. Líneas iridiscentes, polvo de vidrio o de asteroides, aglomerado con placenta cósmica y brillante.
Indudablemente las obras que logran una catarsis comunicativa con el equilibrio de estos escasos recursos formales, son las que más se quedan en la memoria. Tal vez ello no sea el objetivo del artista, porque mientras las obras no se exhiben son mudas, están a expensas de ser profanadas por su creador, no pueden defenderse, pero en cuanto salen a la luz rompen el cordón umbilical con su progenitor. Ese aumento confesional con cada nuevo espectador le permite una más amplia hermenéutica y se emancipan.
Para quien escribe, merecimiento especial tienen las obras “Perpetum mobile”, “Verticales”y “Dos femenino”, donde la vibración en una plana profundidad que reverbera, maravilla a la más vaga pupila, la última de ellas posee una fuerza de ruptura en el conjunto expuesto, por la saturación de un fondo rojo que recuerda las consecutivas capas trasparentes de la pintura flamenca.
La búsqueda de la luz como experiencia mística hacia la verdad… un laberinto filosófico que si en el pasado su obsesión podía curarse con la reclusión monástica y una rígida escolástica, hoy en día, para un artista abstracto y geométrico, que reprime y traduce sus emociones en sensaciones, es difícil sobrellevar sin píldoras… sólo que, a veces, la mecánica terapéutica del taller o la tercera copa de vino, ayuda a aplacar los demonios de la razón, ahí la naturaleza de lo interior y la búsqueda de paz.
Antonio se hace eco de la máxima zen de que lo más cercano a la belleza es la simplicidad. Desde esta óptica su obra está más próxima al oriente que al occidente, más lejos de la cegadora luz de Hildergard Von Bingen que de la sabiduría intuitiva de la espada de Prajna.
La honestidad expresiva y el talento del artista lo alejan del academicismo o del decorativismo, en que cualquier movimiento puede degenerar. Antonio piensa el arte con una vehemencia que asusta, piensa y sufre el acto creativo con esa seriedad, que sólo la madurez asiste…se acerca a la luz, a la verdad con la necesaria desnudez para llegar a Dios.
Enrique Demetrio, diciembre 2007

ANTONIO LLANAS EN LA GALERÍA DE ANA MERCADER
Por Carmen Rubio Soler
Ayer fui a una exposición. Así dicho no es mucho, pero sí cuando comprendemos que lo que hemos visto es una gran exposición. Que hemos presenciado y compartido un intercambio de regalos visualmente brillantes. Y eso es lo que Antonio Llanas consigue en esta muestra en la Galería de Ana Mercader en Roquetas, regalarnos imágenes.
Después de una larga gestación conceptual, de una sensible interpretación intelectual de su entorno, comienza una labor meticulosa y cuidada en la que desarrolla su factura, trabajada y virtuosa. Si bien la obra finalizada nos puede parecer sencilla, el proceso creador ha sido largo y doloroso, una labor investigadora de materiales y de las posibilidades comunicativas de estos, una cariñosa pelea con el cuadro para que finalmente comunique la idea buscada, o la historia que persigue. Y este difícil camino termina en un diálogo amable y fácil del espectador con la obra.
Antonio mide el tiempo, lo mide gráficamente, de forma casi claustrofóbica, ¿agobiante? No ,no diría eso nunca. Sí, es cierto que nos obliga a la meditación y la reflexión, que para muchos llegará incluso a ser denuncia y compromiso social. Pero esas marcas de los días, de las semanas, el pintor las convierte en imágenes descontextualizadas que crean un ritmo musical, constante y armonioso. Esas jaulas, esas barreras nos invitan al mismo tiempo a atravesarlas, como en un rito de iniciación o de paso. Aparecen entonces los cuadros de las trasparencias, de la profundidad, de las superposiciones, imágenes que nos hablan de lo que hay detrás, de reflejos, no de sombras.
Descubrimos las ciudades de Llanas, construidas y destruidas, frágiles, como “castillos de cartas de cristal”, transparentes, quebradizas y al mismo tiempo rotundas, de peso, limpias, vacías, no interpretadas como decorados, sino frágiles protagonistas. El cristal, el vidrio, se convierten en agua, en espejos, en transparencias. Los materiales se han convertido en cómplices del pintor para transportarnos, es cuando descubrimos esa minuciosa labor en el taller. Y nos encontramos con “Ofelia”, con el agua con el alma y con el aire.
La obra de Llanas tiene esa característica de las cosas sencillas, que son fáciles y amables en el trato, que no nos intimidan. Pero poco a poco vemos más, notamos como el cuadro cambia. No es ahora el mismo que hace un rato, la luz lo ha modificado, nosotros no estamos ya en la misma posición, nos hemos movido, él sigue siendo el mismo, y ha cambiado. Entonces comenzamos a pasear de otra manera, miramos cada obra de lejos y de muy cerca, desde aquí o desde allá. Queremos reconocer nuestro mundo en esa obra, miramos el título, sonreímos. El diálogo de la obra y el espectador comienza a fluir. La galería se convierte en ese momento en un espacio escénico, eso lo sé, pero dejo de tener claro quienes son los actores (o siquiera si los hay, que los habrá). El cuadro para ser necesita del visitante y visitante deja de ser entonces espectador. Y la presencia, nuestra presencia de vida al acto. Ese es el motivo por el que la obra de Llanas se crece al visitarla, por lo que es un regalo del que tenemos que disfrutar.
Carmen Rubio Soler, diciembre 2007

El autorretrato como código
El español Antonio Llanas expone en la Galería Kunstschatz69
Un fondo rojo, texto, líneas discontinuas y pequeños objetos redondos que parecen flotar en el aire. Puede resultar difícil de creer, pero esta imagen es un autorretrato. En “Codex XII” de Antonio Llanas no se observa ninguna figura humana. Karola Müller expone en su Galería Kunstschatz69 un total de seis cuadros de esta serie hasta el 7 de diciembre.
Las líneas discontinuas y punteadas son códigos binarios que el artista español ha copiado, con ayuda de un microscopio electrónico, de un CD-ROM en el que se encuentran guardadas imágenes de períodos importantes en la vida de Llanas.
Las líneas que surgen de esta manera las pinta sobre el lienzo con total exactitud. Los textos los extrae de manuscritos históricos, como por ejemplo del taoísmo o de la mística Hildegarda de Bingen. Son textos que han conmovido al español y con los que se siente identificado. Llanas los transfiere al lienzo mediante serigrafía; en otras obras, escribe estos textos a mano.
Los objetos redondos en “Codex XII” son castañuelas y giroscopios. Este tipo de elementos, levitando de forma surreal y enigmática, constituyen lo único figurativo en los cuadros de Llanas.
El pintor de Motril (Granada) pretende impulsar al espectador a descifrar el código. En la obra “Codex I”, realizada en tonos verdes y beiges, resaltan pequeños pájaros de gomaespuma.
Los colores de los cuadros los elige intuitivamente. En “Codex XII” escogió el rojo como color base porque cuadra con el flamenco de su tierra natal, al que ya remiten las castañuelas.
Lo único gestual son las gruesas manchas blancas que el artista ha lanzado sobre la chillona superficie a modo de dripping. Así añade a la obra su firma y dinámica personal.
Lo inusitado es que el lienzo está tensado sobre una tabla de madera, en lugar de un marco. Además, no existe arriba o abajo, sino que el cuadro puede colgarse en cualquier orientación. Con su codificación, Antonio Llanas tiene como objetivo que el espectador pueda dejar rienda libre a su imaginación.

MÚSICA DE FONDO
MIGUEL ÁNGEL BLANCO, 21/11/2003 DIARIO IDEAL DE ALMERÍA
Crepuscular: La geometría es básica para una visión sobre el planeamiento arquitectónico en frío. Acercamiento. Depuración hasta lo máximo, en búsqueda de lo esencial. Al final surge un momento sobre la planitud de los lienzos, la insinuación desde las líneas, una leve presencia de los tonos, como si fuera un amanecer desdibujado. La profundidad del momento permanece intuida. La atmósfera del lugar qué edad determinada por la música de fondo que envuelve los mundos de Antonio Llanas (Motril, Granada). Capacidad de síntesis, Para sus” Espejismos”, en la Sala Meca, otra cita con las nuevas tendencias, encuentro con la búsqueda de nuevos horizontes, siempre con el enigma del lugar de llegada. La música, elementos esenciales es envolvente, como un acercamiento a una cadencia infinita. Y ese sonido determina la forma de encuentro con los espejismos de Antonio Llanas, son constantes las referencias arquitectónicas que aluden a construcciones mentales, hay umbrales y espacios como puentes de tránsito, de desplazamiento, escaleras como camino de ascensión hacia otro estadio, torres y castillos como metáfora de la soberbia humana. Estamos en un proceso de eliminación de lo superfluo punto en un territorio de propuestas, dominado por el diseño del orden espacial, la tecnología marca el establecimiento de las frialdad de las formas. El proceso de las sensaciones aparece reducido a una contemplación sin escapada. Sin título. Solo la imagen y el espacio envolvente. La imagen se diluye, adquiere la capacidad de proyectar irisaciones, reflejos en los canales sobre el agua ausente, justificada por la teoría. El concepto aporta un discurso ideológico desde la marginalidad, todavía en el escenario alternativo. Pero no hay escenografía apacible, porque este gesto de encuentro. Oblicuidad en los tonos punto la carrera por el laberinto. Incontenible. Las líneas ejercitan una danza. Lo esencial se construye desde la música para absorber el espíritu de las formas. Fugaz el discurso de la materia, refugiado entre lamentos. Regreso a la escapada para un nuevo paisaje urbano. Campos separados para la contemplación. Las pirámides están confundidas. Permanecen celosas de sus secretos. Escalinata hacia el cielo coma como la metáfora del zigurat que fomenta el paso del tiempo. Lo importante no es la llegada sino el itinerario asumido punto las vivencias están para permanecer en él fatalismo de no llegar a ninguna parte “La obra no se ofrece conclusa, cerrada, unívoca en su sentido, sino que cobra vida cada vez que el espectador la contempla, la completa y la interpreta”. Es la proclamación de la duda como elemento vital en la construcción personal del autor. No cabe mayor coherencia y eso cierra el sello de la autenticidad, cuando la música esencial de fondo empieza a diluirse en el silencio absoluto.